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Opinión y CríticaPor Armando Álvarez Bravo

Por Armando Álvarez Bravo

Crítico de Arte El Nuevo Herald Miami, Florida

Dos calificativos que encajan perfectamente a la obra del pintor guatemalteco ELMAR ROJAS son poético y alucinante. Esa obra bien conocida , destaca por la atmósfera llena de enigma en que se cumple su no menos enigmática narrativa.

Esa constante, ese mundo personalísimo nos muestra siempre nuevas posibilidades. Sus lienzos se destacan, en primer término, por el exquisito acabado que caracteriza a la producción del creador.

En ellos los colores intensos se funden y superponen estableciendo una profundidad desde su intensa sobriedad, desde sus planos de sombra en que ciertos detalles adquieren una figuración deslumbrante. Y, por supuesto, en el espacio mágico que conjuran sus colores, la fijeza y la movilidad, sus narradores y protagonistas, los personajes emblemáticos de Rojas.

Sus personajes son para el artista tanto un punto de partida, un catalizador capaz de precipitar la historia más inverosímil o la más a ras de mundo, como una firma de estilo con la que reivindica dominios e interpretaciones de la imagen en su función comunicante y en su torbellino de posibilidades.

Tan poderosas son sus figuras que, abierta o sutilmente, forman parte del discurso de la actual plástica latinoamericana.

Elementos que, aunque utilizados con eficacia por algunos, es tan sólo en la creación de Rojas que se abren en todos sus registros y disponibilidades.

Sus personajes tienen la capacidad de dividir la realidad entre lo palpable y lo impalpable para, desde su anonimato, ser causa, mensajero de algo que se ignora, de una fuerza que puede descender imperiosa sobre hombre o naturaleza, dando un vuelco a la existencia.

Son, paradójicamente, antagonistas de un sueño terrible que, sin embargo, también puede constituirse en juego, cambiar de signo. Tal característica da a tanta pintura del creador, una doble valencia que se impone, por encima de la vigencia de la negatividad o su posibilidad , en un espacio lúdico que tiene su anclaje en la inocencia.

Aquello que hunde sus raíces en la belleza y la multiplica. De esta suerte, la pintura de Elmar Rojas es un arte pensado y ejecutado para la convivencia.

Sin abandonar la geografía íntima de su quehacer, el artista nos sorprende con un repertorio de imágenes nuevas tratadas formalmente conforme a su estilo de trabajo, pero promulgan nuevos senderos a la función motivadora de la pintura.

Sin duda, la diversa oferta que nos ofrece el artista no dejará de sorprendernos. Pero en su irrupción no hay merma en las cualidades y alcances de Rojas. Sólo que ahora nos informa de otros de sus mundos y nos hace más partícipes de su narrativa desde el enigma y la belleza de su impresionante quehacer.

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