Por Robert J. Loescher
DIRECTOR DISTINGUIDO GOLDABELLE MCCOMB FINN DEPARTAMENTO DE TEORIA, CRITICA E HISTORIA DEL ARTE INSTITUTO DE ARTE DE CHICAGO
REMEMBRANZAS Y RECORDATORIOS.
Las referencias guatemaltecas en las pinturas de Elmar Rojas no son directas sino oblicuas. La percepción inicial de sus lienzos presenta un mundo onírico cuyos orígenes e historia específicos son ambiguos deliberadamente. Sin embargo, bajo un escrutinio más cerca emergen referencias nacionales concluyentes de espacios inconclusos y figuración semiabstracta. Como en las novelas de García Marquez o las pinturas de Tamayo, las obras de Rojas implican un tropicalismo genérico latino citando simultáneamente observaciones distintivas acerca de su patria.
En la cultura latinoamericana hay un gran interés por la tierra, el paisaje hogareño. Imponentes en su esplendor escénico, la sierra volcánica y los exuberantes valles de Guatemala son motivo de celebración en los ambientes de las obras de Rojas. Aunque más intrigante y penetrante es su alusión metafórica al volcán en los encumbrados sombreros de base amplia y plana, que no solamente visten sus figuras sino que éstas se integran con ellos, indicando por lo tanto que se tratan de un pueblo fusionado con su entorno natural. El volcán también implica una coexistencia de tranquilidad arcadia y de violencia repentina. Volcanes centinelas majestuosos que protegen una productiva cultura agraria pueden de improvisto ser transformados en torbellinos destructivos que vomitan fuego y lava. Esta simbiosis volcánica de creación y destrucción ha sido cosmológicamente influyente en las culturas indígenas mesoamericanas desde los más remotos tiempos prehispánicos.
Una dinámica dualidad entre lo activo y lo pasivo también subestructura otra de las metáforas visuales de Rojas, el torito colonial. Este toro con armazón de madera cubierto de fuegos artificiales es común en fiestas tradicionales guatemaltecas. Tanto la fertilidad del toro como la destrucción de la pólvora son importaciones españolas. En fiestas cuando los toritos son corridos por las calles aldeanas con fuegos fatuos explotando en todas direcciones, son tan juguetones como potencialmente nocivos. La dualidad del torito también acarrea las implicaciones sociológicas de los beneficios y daños derivados de las intervenciones extranjeras, ya sean la conquista española del siglo XVI ó las manipulaciones políticas internas de poderes externos en el siglo XX.
La ambigüedad de sitio y situación hace parecer a Rojas apolítico. Obras iniciales suyas de los setentas tratan sin embargo con hechos específicos el levantamiento sociopolítico en Guatemala. Como con otros artistas latinoamericanos, prueba que es más prudente ser oblicuo y obtuso en su comentario nacional. En tiempos de contínuos cambios de gobierno, Rojas ha enfocado su imaginativa sobre la ambigüedad de celebración y lamento por la victimada Guatemala indígena. Las formas maleables de cualquier certidumbre de definición, convirtiéndose en entidades alteradas de persona recordada, de emigrados ausentes o figuras de un presente precario.
Muchas obras han sido tituladas “escape, despedida o ascenso”, en referencia a la emigración personal o nacional y al exilio político. A través del siglo veinte el arte latinoamericano ha estado preocupado con este tema, que refleja el caos político económico al que la mayoría de estas naciones han sido sometidas. Como muchos otros, Rojas partió y retornó, arrastrado por una poderosa necesidad de reconectarse con el ethos y pathos de su tierra nativa.
La paleta de Rojas abraza rojos escarlatas, magentas agresivos, amarillos saturados y morados luminosos, encontrados en las afamadas tradiciones de los tejidos guatemaltecos.
A veces afirmativas y más frecuentemente sojuzgadas, sus intensidades variantes hacen alusión a la presencia de una colorida cultura indígena cuya existencia, aunque contínua, ha estado repetidamente amenazada con la guerra civil. La dominación de tonalidades sombrías y de luz de penumbra crea una ambiente de remembranza. La evocación poética de Rojas, de tristeza suave y de pérdida melancólica son recordatorios importantes para el contemplador milenario de la fragilidad del pasado y amenaza para la continuidad de tradición. Estas son imágenes que dan palmadas a nuestros apegos emocionales por lo perdido y por lo que añoramos tener otra vez.


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